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El espíritu del Cooper S está en su motor turbocargado de 1.6 litros. Para el modelo 2008, Mini ha decidido modificarlo levemente para hacerlo más rabioso y divertido. Lo hemos probado y te podemos adelantar que hemos disfrutado muchísimo.
El nuevo Mini Cooper S ha crecido muy poco respecto a la generación precedente, ni siquiera una pulgada, algo que exteriormente es inapreciable. Debemos entrar dentro para notar en toda su magnitud la evolución del modelo. Ha habido un replanteamiento general que implica más centímetros a lo ancho, sobre todo en los asientos, perdiendo esa sensación claustrofóbica del anterior modelo. Atrás apenas se gana un poco más, pero hay que considerar que el Mini es un auto muy personal, casi un juguete de egoístas.
Manejo divertido
Como bien lo comprobamos con los niños, la mejor parte de un juguete es “jugar” con él. Al momento de insertar la llave, en vez de girarla hay que pulsar un botón que facilita toda la operación. Eso sí, hay que pisar el embrague para que el tetracilíndrico cobre vida y nos transmita sus ansias velocistas. No es que el despertar sea espectacular, pero el encendido del tablero y la posición de manejo del nuevo Mini Cooper S te hacen sentir como todo un piloto en esos breves instantes en que se revisan indicadores, espejos y visibilidad.
Gracias a la zona acristalada casi vertical, existe un muy buen dominio visual del auto, un poco penalizado hacia atrás pero nada a lo que sea difícil acostumbrarse.
El clutch tiene un tacto duro, acorde con la promesa de 175 HP del 1,6 litros turbocargado, ideal para esas demandas cortas e intensas que se dan durante la conducción deportiva. La transmisión manual (existe la opción de añadir una caja de cambios automática por 1.500 dólares más) presume de 6 relaciones cortas, que al combinarse con una inserción y recorrido correctos, facilitan el desplazamiento a ritmos rápidos. Además del carácter deportivo, la otra razón de esta selección estriba en que el motor de inyección directa presenta una ligera pereza en el rango inferior del tacómetro. Hasta superadas las 2.000 hay poco torque, lo cual se hace más notorio a partir de las 3.000. Sin embargo, desde los 4.000 giros surge la explosividad tan adictiva de los turbocompresores.
El empuje del Mini Cooper S es contundente, impetuoso, al punto de sorprender los sentidos y, por reflejo, la adrenalina inunda los órganos vitales del conductor ante tal respuesta. Vale la pena aclarar que no asusta, pero la celeridad y decisión con que empuja este 1,6 litros obliga a enfocar la atención 100% al volante. De hecho, su mejor ritmo está entre las 100 y las 115 mph justo por arriba de las 4.000 revoluciones, donde se percibe mayor vigor.
A tono con esa rapidez, figura una suspensión dura, con poca suavidad pero un filtrado adecuado. Transmite fielmente las irregularidades del camino, pero no incomoda como en otros deportivos. La dirección es precisa, obediente de las órdenes que le dicte el conductor, pero ligeramente afectada por la volubilidad del motor, pues en giros muy cerrados o cambios bruscos de rumbo a plena aceleración denota torque-steer. Nada complicado, pero hay que considerarlo; de hecho, puede “aprenderse” para conseguir una conducción todavía más ágil. En este sentido el Mini sigue comportándose como un kart, hecho que lo convierte en un eficaz “comecurvas” en manos diestras. Lo anterior queda más que comprobado al momento de abordar carreteras de montaña, donde lo sinuoso invita y el Mini Cooper S corresponde con todo el encanto de su estampa y mejor disposición física. La gran mayoría de las veces el comportamiento es neutral, muy predecible; sólo hay un poco de subviraje cuando el trayecto es algo maltratado o el peralte casi no existe. Incluso al desconectar el control de estabilidad, el eje trasero apenas se insinúa, lo que habla de un chasis bien equilibrado, aunque siempre consciente de ser de tracción delantera. El brío del propulsor también se lleva parte de la culpa, pues aunque casi no hay “patada”, su progresividad es relativa porque la inmediatez en la entrega de potencia hace que en ocasiones el Mini siga de frente a pesar de lo indicado por el volante.
Los pedales del freno y el acelerador del Mini Cooper S permiten el punta-taco sin problemas (¿permiten una gran maniobrabilidad? ¿son muy versátiles?), lo que acrecienta esa sensación de carro-juguete deportivo o de carreras. Sólo los frenos acusan un poder no tan eficaz, que obliga a anticipar las frenadas a pesar de su notable eficiencia en las detenciones a fondo.
Espíritu Cooper
En términos visuales, la apariencia del tablero del nuevo Mini Cooper S es más actual; no obstante, sobreviven los cromados, cuya presencia ha sido reducida. El enorme reloj domina las miradas, máxime si viajas con pasajeros curiosos; con seguridad, no dejarán de observarlo y admirar sus detalles. Lo malo es que si tu acompañante teme a las altas velocidades, tendrás un “gobernador” verbal quejoso más insistente que las alarmas de “póngase el cinturón” de aquellos autos de finales de los ochenta.
A tono con su carácter elitista, el Mini dispone de casi todos los extras existentes: bolsas de aire frontales, laterales y cortinas, ABS, ESP, doble techo, computador de viaje, todo eléctrico –excepto asientos–, climatizador automático y un excelente equipo de sonido. En suma, un carro muy atractivo desde casi cualquier ángulo, menos el práctico. Porque a pesar de la mayor cabina, la segunda fila sólo permite que viajen niños menores de 12 años, como si fuera un juego mecánico de bajo riesgo. Y el baúl sólo gana unos cuantos centímetros más.
Eso sí, no sirve para llevar a la familia de paseo ni permite transportar muchos objetos, pero la vida también se compone de momentos egoístas, donde uno sólo disfruta consigo mismo. El precio final del Mini Cooper S es de 18,700 dólares, sin contar con ningún paquete especial ni extra, es decir, para empezar a hablar.
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