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Al más puro estilo de un western protagonizado por Clint Eastwood, recorrimos el viejo oeste entre cactus, casinos, indios, cowboys y una estampida de caballos… de potencia. Si un Ford Shelby Mustang es un auto que roba miradas y alegra los oídos con su motor, una caravana con ellos es sencillamente un espectáculo.
Todo confirmado. Las instrucciones para recogerlos autos que Ford nos iba a prestar se encontraban ya en mi correo electrónico. Los otros cuatro jinetes, una selección de periodistas de las filiales de Automóvil Panamericano y Myautomovil.com, se habían vuelto un tanto insoportables con sus frecuentes preguntas acerca de la repartición, el orden de manejo de los autos y la ruta que seguiríamos, y desde el momento mismo de esperar el abordaje del avión empezamos a intoxicarnos con revistas en las que aparecieran Mustang de toda índole, y si por ahí aparecía un Shelby, surgía de pronto una repentina convocatoria ante las indiscretas miradas de la gente que seguramente sospechaba que no estábamos en nuestro juicio.
Ingenuos mortales, no sabían que nos dirigíamos al sueño de cualquier amante de los fierros y el músculo americano.
AL ESTABLO
Después de un vuelo en el que dormir no era una opción, llegamos al aeropuerto internacional de Los Ángeles, California, en donde tomaríamos un shuttle al estacionamiento público en el cual empezaría la aventura por el viejo y salvaje Oeste.
En un efímero momento de gloria difícil de igualar, y con actitud de Steve Mc Queen, llegué al mostrador a pedir los cuatro autos, ante el asombro del despachador de la etnia cherokee que nos confundió con algún personaje importante, y seguramente por eso, nos trató mejor que a una vaca sagrada.
Entre gritos y arrebatos los acomodadores pelearon por las llaves, y después de unos instantes entendimos por qué: el estruendoso rugir de los V8 con escapes de 2,5 pulgadas y el rechinar de los neumáticos atrapados en un lugar cerrado nos deleitaban cada vez más conforme iban descendiendo desde el tercer piso, lugar donde nos esperaban. Por fin, cara a cara, estaban ahí frente a nosotros 1.619 caballos de potencia divididos en dos Shelby GT500, uno convertible color “Torch Red” y otro cupé con traje de gala —vestía los colores oficiales de Ford Racing: blanco con un par de franjas Le Mans “Vista Blue” que contrastan con el resto de la carrocería—. La novedad de la gama también nos acompañó: un Shelby GT “Black Clearcoat” que, por cierto,aunque no era el más potente, producía un rugido con su motor 4,6 litros modificado, que era música para nuestros oídos.
De acuerdo con el plan, un inmaculado Mustang GT convertible “Grabber Orange” nos escoltaría y ayudaría a fotografiar a las serpientes durante los siguientes 6.000 km por las calles, carreteras y vías destapadas del Medio Oeste norteamericano.
A GALOPAR
Dos tristes bolsas de maní que nos dieron en el avión no sirvieron para satisfacer nuestro apetito, por lo cual encabecé la caravana con destino al primer Denny’s que me indicó el GPS, lugar estratégicamente escogido, ya que su fama de dejar contentos a camioneros de 150 kilos había llegado a mis oídos en viajes anteriores. De común acuerdo optamos por llevar una dieta especial: comida chatarra en gasolineras y sólo un alimento formal (porciones yanquis) con tal de estar más tiempo en los autos jugueteando con los adictivos pedales del acelerador.
El plan indicaba viajar la mañana siguiente a Las Vegas, pero al mirarnos a los ojos después de una pequeña sobremesa, bastó con lanzar la pregunta “¿están cansados?”, para recibir un “¡no!” rotundo como respuesta unánime. Las Vegas, de madrugada, ahí vamos.
Poco fue el tiempo para acostumbrarnos a los autos, el embrague, la dirección, etc. Nos tomó un poco más dejar de temer a la bronca respuesta de los GT500 supercargados, animales marcados directamente con el fierro del viejo vaquero Carroll Shelby. Siempre juntos y en “fila india” nos percatamos de un efecto común que causaba nuestra corta caravana al rebasar al tráfico común: bocinazos y pulgares hacia arriba en apoyo a un auto tan querido por allá, o un odio retador por parte de algunos fanáticos de otras marcas americanas, como el de aquel Charger R/T en la highway 15, quien mordió el polvo ante el Shelby blanco aquella misma noche, justo a la entrada de Nevada.
Después de cuatro cortas horas de manejo, creímos ver el amanecer, pero cuál sería nuestra sorpresa al descubrir que la impresionante luz tras esa colina era justamente la que emitían marquesinas y casinos de la ciudad del juego. Dentro de ella, y tras un corto paseo por Las Vegas Boulevard, decidimos buscar un hotel. Lo encontramos fácilmente pero nos quedamos con la sensación de que elevó su tarifa al vernos llegar con tales bellezas. Por supuesto, hablamos de los autos, no de algunas lindas coristas de las que por allá abundan.
SHELBY HQ En Las Vegas, Nevada, nuestra caravana tuvo el honor de visita la fábrica Shelby, o como algunos la llaman,"la casa de papá". Situada en las afueras de dicha ciudad, la línea de tune up destinada a modificar los Mustang GT que llegan desde Michigan es una organización totalmente ordenada y llena de empleados enamorados de su trabajo. Uno de sus mayores atractivos es el museo Carroll Shelby, donde es posible apreciar tesoros como el primer Shelby Cobra 427 de la historia, así como el prototipo cero del Ford GT, auto cuyo motor es idéntico al del actual GT500. Sin duda, un paraíso para cualquier amante de los muscle cars, pues en menos de 3 kms, se cuentan 1.500 autos Shelby a la espera de ser despachados a sus dueños. Por si fuera poco, el óvalo de Las Vegas Motor Speedway se encuentra a pocos metros de allí.
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REGRESO A CASA
Por la mañana, luego de cantidades industriales de hot cakes estábamos más que listos para visitar el nido de las cobras, el cuartel general de Shelby, situado a un lado del Las Vegas Motor Speedway, uno de los escenarios principales de la categoría en la que corre el colombiano Juan Pablo Montoya.
Una vez más, llegar con los autos nos significó recibir un trato especial: Vicky Cota, asistente personal de Carrol, respondió a todas nuestras preguntas y nos dejó entrar hasta la cocina para fotografiar el sorprendente taller, en donde se modifican todos los Mustang Shelby GT, Shelby GT500 KR y Cobra del mundo.
Unas cuantas horas de ocio y algunos dólares perdidos en la ruleta nos separaban de las fotos nocturnas, obligadas en una ciudad que despierta cuando el sol se oculta. Cumplida la meta gracias a un excelente trabajo de nuestro fotógrafo y nuestra habilidad de colarnos clandestinamente en las locaciones, partimos casi de madrugada hacia un lugar situado en lo más remoto del Estes Park, una reserva cherokee a 1.200 km que testificaría nuestro paso por las Rocallosas. Atravesar el desierto en Nevada y cruzar hacia Utah nos brindó uno de los mejores escenarios que podamos recordar.
Por un momento regulamos nuestra marcha a menos de 50 mph (90 km/ h) con tal de no perder detalle alguno en los cañones, mesetas y acantilados adornados de cielos púrpuras y eventuales arco iris. Los Shelby rugían y exigían carga de veneno cada 400 km, mientras Daniel, sobre el Mustang GT, inmortalizaba nuestra aventura en pleno andar; sólo una fuerte lluvia impidió una excelente sesión de fotos aquel día en pleno Cañón del Diablo. Ese mágico lugar no podía desperdiciarse, por lo que buscamos refugio en el poblado más cercano con la promesa de volver al día siguiente.
Green River fue la opción, un pequeño pueblo con lo esencial para subsistir y, para nuestra fortuna, con un local de lavado de autos. Muy temprano por la mañana regresamos 160 km hacia el sur para cumplir nuestro objetivo. El Diablo estaba ahora atrapado junto con nuestros coloridos autos en la memoria de una cámara digital.
Al entrar en Colorado cambió el entorno como por arte de magia, las piedras rojizas se volvieron pinos y el calor de 45 grados centígrados descendió hasta llegar llegar a los 20°. Pasamos por Aspen, "la Suiza de América", en donde las pistas para esquiar esperan pacientes la llegada de la nieve. Aceleramos el paso mientras sentíamos cómo los motores disminuían un poco la potencia al estar casi a 1.600 metros de altitud, aunque con más de 300 caballos, mencionarlo es pura vanidad.
CARAS PÁLIDAS
Nueve horas continuas de manejo, y justo a una de llegar a Estes Park encontramos el ansiado hospedaje, pues más de uno de nosotros ya mostraba las huellas de la batalla. El lugar se llama Louisville, Colorado, y es una ciudad infestada de centros comerciales… ¡lástima que llegamos de noche! La mañana siguiente se tornaba oscura y aunque el cielo no se despejaba, ya no había vuelta atrás; estábamos en camino.
Por fin, una carretera cerrada y llena de curvas; había llegado la hora de divertirnos con los autos. No cabe duda que quien compra un vehículo de este tipo busca el manejo exigente y rudo que obliga a tener un pie extremadamente sensible, conectado 100% al tacómetro y al rugido del motor, un “leve detalle” que le desagradó a Rodrigo, enamorado incondicional de los autos europeos. Conté hasta diez, respiré profundo y le expliqué que al dueño de un Shelby no le importa dejar de charlar con su copiloto para disfrutar el agresivo sonido al cambiar a 6.000 rpm.
La reserva india fue mejor de lo que esperábamos, los dioses arapahos detuvieron la lluvia y el paisaje nos brindó su mejor cara mientras tomábamos fotos con toda calma a lo largo y ancho del poblado. Incluso nos facilitaron un rancho, alguna vez propiedad de Christopher Reeve, para utilizarlo como locación.
Tras cumplir la misión en el parque nacional seguimos nuestra marcha hacia Denver y observamos cómo el silvestre paisaje se transformaba en urbe. La moderna y bien planeada ciudad nos invitaba a quedarnos para conocer más de ella, pero no había tiempo.
DESBOCADOS
Nos esperaban 10 horas de rectas interminables, desiertas y de asfalto perfecto hasta Santa Fe, Nuevo México. Estar siempre al frente de la caravana me obligaba a determinar el límite de velocidad, y estoy seguro de que si no hubiera decidido llevar los cuatro autos al límite, ninguno de mis compañeros –ni mi conciencia- me hubiesen perdonado jamás. Las serpientes no dejaban de empujar; incluso, tras devorar el velocímetro con 160 mph (256 km/h), ¿cuántas millas más nos dio, 10, 15, 20? Unas verdaderas bestias de aceleración y velocidad.
Los Shelby GT no se esforzaron hasta llegar a las 140 millas (225 km/h), velocidad máxima que alcanzó el Mustang stock. Les brindamos a los aburridos automovilistas todo un espectáculo al verse rebasados por un convoy a una velocidad jamás imaginada por ellos.
Nuestra emoción como velocistas acabó repentinamente cuando nos alcanzó una verdadera tormenta, y con dificultad se podía ver a cinco metros de distancia. Pensé por un momento que las cobras se volverían anguilas y el Mustang un hipocampo. Esto nos hizo llegar a Santa Fe entrada la madrugada; de lo que no teníamos conocimiento era de la excentricidad del lugar, por lo que en varios hoteles nos rechazaron como huéspedes.
Debido a la hora buscamos posada fuera del centro, no sin antes dejar un recuerdo de nuestros escapes de 7 cm de diámetro a los dormilones huéspedes de tan exclusivos lugares. Al otro día, domingo, a las 6 a.m., realizamos sin complicaciones el trabajo fotográfico en uno de los pueblos más antiguos de EE.UU. con infinidad de iglesias, conventos franciscanos y una arquitectura de inspiración española.
Por fin había llegado el momento que prometí a mis compañeros: tomar la ruta 66, sin escalas, desde Albuquerque hasta California, cruzando por Arizona; sin duda la parte más pintoresca del recorrido. Al reconocer la primera señal color marrón de la 66, la emoción superó nuestro cansancio y nos invadió la nostalgia al compartir el camino con trenes, motociclistas en Harley e incluso carretas tiradas por caballos.
Confiados plenamente en el GPS nos aventuramos por caminos prácticamente abandonados, alguna vez utilizados por traficantes de bebidas alcohólicas en los tiempos de Al Capone. Cenar en Flagstaff significó cenar en un restaurante típico decorado con al menos 50 banderas con barras y estrellas, listones amarillos y ofrendas a los caídos en Irak; por cierto, sólo servían hamburguesas y costillas BBQ. Lo más simpáticode aquel lugar fue la propuesta de la mesera al ver los Shelby: canjear su propina por un aventón a California, de donde era nativa.
Entre bombas abandonadas, pueblos fantasmas y paisajes memorables, la ruta 66 comenzó a transformarse en autopista, pero al llegar a Barstow nos dimos cuenta –con tristeza- de que nuestro recorrido estaba por terminar. Los Ángeles nos dio la bienvenida con su cara típica: un tráfico bestial, que nos detuvo por más de una hora antes de llegar al estacionamiento donde todo empezó, no sin antes hacerles saber a nuestros amigos de nuestra llegada, al saludarlos sonoramente con los 1.619 HP.